lunes, 13 de septiembre de 2010

VIOLENCIA EN LA ESCUELA. una mirada mas profunda que de costumbre.

Ya se ha comentado que muchos alumnos comienzan a estudiar sin haber concluido su socialización primaria, sin la preparación que se suponía terminada antes de empezar con la socialización secundaria que se recibe en la escuela. La idea de que lo igualitario es que todos comiencen a estudiar a la misma edad ha dado como resultado que demasiados estudiantes acumulen un retraso apreciable antes de poner el pie en la escuela, con lo cual la situación suele agravarse rápidamente,
aun cuando la escuela frene al máximo el progreso de los más avanzados para que sean alcanzados por los más lentos. Los alumnos que constatan su posición precaria dentro del grupo reaccionan de diferente manera, pero reaccionan. Una posible reacción es una especie de odio que se demuestra
a través de una conducta antisocial, que se traduce en insultos a sus compañeros y maestros, vandalismo, absentismo y hasta incendios provocados. El mito del inevitable progreso de
la sociedad ha hecho que una parte de ella haya cerrado los ojos ante esta violencia.

El Estado abandona a los barrios problemáticos en los que las tendencias antisociales han llenado el vacío creado por esta supuesta libertad. De este modo, hay escuelas en las que las mafias locales dictan la ley y en las que es casi imposible estudiar. Esto no es suficientemente denunciado por los profesores cuando los involucrados provienen de barrios problemáticos que precisamente iban a resultar favorecidos por las nuevas libertades pedagógicas. No pocas veces los sociólogos de la educación describen la delincuencia como una respuesta legítima a la «exclusión». Esta mistificación ha impedido que se tomen las medidas adecuadas contra los problemas. Así, en un periodo de expansión económica sin comparación en la historia, se ha llegado a la realidad de escuelas en las que reina la anarquía y la violencia. Ya Orwell habló de la fascinación del intelectual moderno por la brutalidad y por la lucha
por el poder, y de su tolerancia y hasta admiración frente al delito. Los intelectuales que desvíen la atención de las conductas antisociales para enfocarla hacia la «exclusión» deben asumir una parte importante de la responsabilidad por los cambios negativos que ha sufrido la sociedad".

El mito de la no responsabilidad de los violentos por su violencia se basa en el concepto de que son las estructuras sociales las que darían ciertas características a los individuos por las cuales no serían responsables. Estas estructuras «empujarían» a los individuos a actuar de determinada manera. Dicho de otro modo, se niega a las personas su autonomía puesto que no deciden: son empujados. En la escuela, los alumnos de clase obrera no serían responsables de su posible fracaso y, por lo mismo, los alumnos provenientes de la clase alta no tendrían ningún mérito si logran un buen resultado.

Bui Trong ha estudiado el ambiente antisocial que reina en algunos barrios periféricos en Francia99. El resultado de su trabajo ha sido mostrar que los problemas se suelen desarrollar según cierta lógica. Ha elaborado una escala de 7 peldaños, demostrando que puede preverse que un barrio que está en el nivel 2 irá al nivel 3 y después al 4 si no se toma ninguna
medida. La autora dice que el hecho de no obedecer al maestro es un signo de que el barrio está en camino hacia la degradación. El maestro es uno de los primeros representantes de la sociedad y no aceptar su autoridad supone un primer paso hacia una conducta antisocial. Con otras palabras, cuando
el maestro insiste en que hay que sentarse, dejar de hablar o cualquier cosa de apariencia trivial, no está ejerciendo poder sino defendiendo a la sociedad. La convivencia en el futuro depende de la aceptación de las reglas sociales. Bui Trong observa también la frecuencia con la que los violentos niegan haber cometido una infracción. Nunca suelen admitir nada. Cuando agreden a un compañero, lo más frecuente es que digan que estaban bromeando. Así el agredido es invitado a festejar la agresión y a ver al agresor como un compañero. Si el compañero acusa al agresor parecería carecer de «humor».

Los pedagogistas suelen rechazar el uso del uniforme, que interpretan como un signo asociado a una idea tradicional de la educación. En los colegios públicos, los adultos no se atreven a opinar sobre la ropa de los jóvenes, pero se pueden observar unos «códigos de vestimenta», impuestos por los alumnos más influyentes. En algunos barrios, la presión está dirigida a usar ropa de marca, algo que resulta muy caro para los padres. En otros barrios, los alumnos acuden vestidos de manera agresiva, con gorros, pantalones con tachuelas de metal, con agujeros y jerseys que no cubren el estómago. Si la escuela tolera una vestimenta de connotación violenta y antisocial, lo que hace es rendirse ante la cultura comercial impuesta por el cine y la televisión y no defender su misión de promover la cultura del conocimiento.

Un diputado francés que ha estudiado la violencia en los colegios ha elaborado una serie de recomendaciones. Empieza diciendo que un acto violento en la escuela es una afrenta para toda la sociedad porque la escuela es un lugar sagrado para la sociedad. Por eso, las infracciones contra las reglas escolares deben ser castigadas dentro de las veinticuatro horas después de haberse cometido. Es preciso que la escuela y los padres colaboren y se ayuden mutuamente, so pena de no poder representar ninguna autoridad en la vida de los jóvenes. Cree que la sociedad debe recordar sus obligaciones a los futuros
padres: cuando una pareja quiere casarse, o cuando la mujer embarazada se pone en contacto con un médico o cuando se trata de renovar la carta de residencia para los extranjeros. Si los padres se niegan a acudir a hablar con una profesora o directora de un colegio porque no aceptan la autoridad de una mujer, la sociedad debería mandarles otro aviso y, si siguen desafiando al Estado, cortar cualquier tipo de subvención. En pocas palabras, hay que insistir en que los ciudadanos tienen que colaborar con el Estado'".

El lema actual es que hay que educar en vez de castigar. Sin embargo, la tendencia a evitar castigos ha conducido a una complicidad con jóvenes que no acatan la ley. Desde la escuela aprenden que pueden actuar con total impunidad, lo que aumenta su arrogancia y el desprecio por las autoridades. Al no obligar a los jóvenes a respetar la ley, los adultos abandonan la
sociedad en sus manos, dejándoles el campo libre. Las personas que no han tratado directamente con este tipo de jóvenes suelen creer que siempre se puede «hablar» con ellos, pero lo cierto es que muchos han desarrollado una personalidad antisocial, patológica, en la que ya no cabe el diálogo. Un juez francés con
mucha experiencia, Fenech, atrae la atención sobre dos hechos: la carrera criminal de estos jóvenes empieza por la provocación verbal y por eso hay que reaccionar con firmeza frente a esta actitud. Si esto no se hace, muy pronto los actos delictivos de estos jóvenes se dirigen contra los bienes públicos, y si no se actúa con energía contra todo deterioro del patrimonio común, se vuelven más «ambiciosos» todavía. No hemos tomado suficientemente en serio que están amenazadas las escuelas, las plazas públicas, los autobuses y los representantes del bien común como son los profesores y los agentes de la policía, elementos de la vida cotidiana que asociamos a un país desarrollado.

Es grave que haya intelectuales dispuestos a admirar la violencia callejera en nombre de la acción directa y la provocación al Estado y a presentar a los responsables en tono sentimental. En general, son los mismos que no quieren discutir lo que hacen estos jóvenes sino las supuestas causas que los llevan a actuar como actúan. Estos jóvenes han aprendido a presentarse como los representantes de oprimidos y débiles en lucha contra un poder muy superior a ellos, la policía. Intentan provocar a la policía, y si lo logran, recurren a las leyes de la sociedad democrática para denunciar la violencia policial.

Cuando una mala situación se prolonga, la población va siendo intimidada, pero no es cierto que no pueda hacerse nada para revertir las tendencias antisociales. Hace algunos años en Nueva York y en Boston, los administradores del metro decidieron mejorar la seguridad y para eso decidieron no
dejar nunca que un vagón con pintadas saliera a circular. Cuando los jóvenes no lograron ver su «obra», terminaron por desanimarse. En otra campaña, se acordó no dejar jamás un cristal roto, cambiarlo enseguida, lo que logró transmitir una sensación de control y seguridad a los vecinos. Se empezó a ver la importancia del «contexto» en el sentido de que si nadie
comete pequeñas infracciones, parece más grave la infracción y todos los ciudadanos se lo piensan dos veces antes de cometer un acto mal visto.