sábado, 31 de julio de 2010

UNA MIRADA A LAS CONTRADICCIONES CONSTRUCTIVISMO


Las fuentes de estas ideas sobre la autonomía del ser humano pueden rastrearse ya desde el idealismo de Kant, cuando se afirma que no conocemos verdaderamente cómo es la realidad sino apenas nuestras representaciones de ella, y que no podemos estar seguros de la relación exacta entre un objeto y su representación, de modo que las representaciones podrían llamarse construcciones mentales de cada uno. Esta afirmación tiene como consecuencia que el conocimiento es subjetivo y que es imposible el conocimiento objetivo, neutral, de tipo científico. De hecho, la mayoría de los constructivistas son filosóficamente idealistas neokantianos. Ya se ha comentado que los constructivistas piensan que el conocimiento lo construye el individuo, no lo recibe, y que «conocer» es un proceso de adaptación al mundo cultural, no el descubrimiento de cómo es el mundo independiente del ser humano y preexistente. Los filósofos subrayan la condición antropocéntrica de esta visión ya que la realidad pasa a verse no como algo independiente del ser humano sino en cuanto exista para él, al servicio del hombre. Se aleja, pues, la idea del estudioso que invierte su tiempo en conocer la realidad y, en cambio, se fortalece el interés instrumental de aprovechar lo que ofrece la naturaleza. El interés por la historia, la tradición, lo no material, pasa al trasfondo y prima lo relacionado con la vida activa y, en primer lugar, la tecnología.

En la variante pedagógica, el constructivismo o la psicopedagogía dice que el alumno no puede aprender de algo que venga de fuera, sino que todo aprendizaje debe basarse en el propio alumno, en sus conocimientos anteriores, su voluntad de aprender y sus intereses. De esta posición se ha extraído la idea de que el aprendizaje debe ser divertido. Otro supuesto sostiene que el alumno es y debe ser su propia autoridad en materia de aprendizaje. Nadie sabe como él mismo lo que le apetece. En consecuencia, puesto que a los alumnos no les gustará nunca lo mismo a la vez y ya que no todos necesitarán la misma enseñanza, será imposible dar clase. Bajo esa perspectiva, las explicaciones del profesor llegan a «estorbar». El nuevo papel del profesor viene a ser el de un «facilitador», alguien a quien se puede consultar. Esta posición entronca bien con la idea del igualitarismo porque no exige que los alumnos tengan un nivel previo para estar en cierto grupo y, ya que todos trabajan en lo suyo, tampoco se necesita la coordinación de una autoridad.

No sólo se declara al alumno especialista de su propio aprendizaje, también se sostiene que los conocimientos poseen menos importancia hoy que antes a raíz de la velocidad con que cambian las cosas en todos los terrenos. En vez de concentrarse en la adquisición de conocimientos básicos, ahora despectivamente llamados «escolares» o «formales», el alumno debe aprender técnicas para manejar un ordenador, encontrar información y presentarla. Es curioso y hasta contradictorio que una corriente sin estima por la ciencia base su doctrina ¡en el rápido desarrollo de la ciencia!

Como se ve, para esta ideología pedagógica no son importantes ni las materias ni los niveles alcanzados en ellas y, por lo mismo, pierden también importancia los profesores, especializados en asignaturas. Lo que antes se solía denominar enseñanza consistía en impartir cierta materia a un grupo con determinada preparación y madurez. Ahora es hegemónica la nueva pedagogía que cree que la tarea del profesor es estacionarse en un aula, apoyando las actividades iniciadas por los alumnos. No sólo se rechaza la idea de la importancia de los conocimientos, sino también la de las exigencias, la de la autoridad del docente y la de las reglas de conducta, así como las referencias a una cultura compartida.

La pedagogía constructivista se presenta como la verdad científica. Ha servido para deslegitimar otras formas de intervención educativa y se describe a sí misma como el punto culminante de una historia cada vez más científica de la comprensión de la mente humana. Una manera de explicar el constructivismo es insertarlo en un marco ideológico: es un romanticismo antropológico y filosófico. El constructivismo cree que el niño no aprende bien estudiando libros y escuchando a la maestra. Insiste en que el aprendizaje es una actividad libre y que si el alumno no manipula personalmente el material no puede aprender. Por eso, el estudiante debe ser activo, decidir él mismo cómo, qué y cuándo va a estudiar porque así supuestamente asimila mejor los nuevos contenidos. Se cree que el alumno aprende mejor trabajando solo o en equipo que con el maestro. De este modo, los alumnos se convierten en maestros los unos de los otros, mientras que el verdadero profesor pasa a un segundo plano, convertido en un «facilitador». Su tarea es organizar un conjunto de materiales y contestar posibles preguntas. El lema que resume esta idea es el de «poner al alumno en el centro». Se considera legítimo que el alumno se base en su parecer, quizá caprichoso, para decidir qué va a estudiar y cómo. El constructivismo da prioridad al cómo sobre el qué. La prioridad pasa del conocimiento de las asignaturas a la aplicación de cierto método, de cierta actitud frente a un nuevo contenido. Así el método usurpa el sitio de los saberes tradicionales.

El niño supuestamente tiene dentro de sí todo lo que necesita y, si no se le molesta, «construirá» antes o después los elementos culturales que le hacen falta, tales como el lenguaje, las matemáticas, el arte o las destrezas físicas. Así, el constructivismo parece creer que todo el desarrollo de la humanidad está contenido virtualmente dentro de cada niño. Como Rousseau, sus seguidores piensan que el niño no debe centrarse en la lectura porque los libros corrompen, y otro tanto afirman del trato con maestros adultos.

Piaget se convirtió en el gran ídolo del constructivismo al lanzar la idea de que el niño aprende los conceptos a través de sus actividades y cuando ya ha madurado. Piaget fue psicólogo, no maestro, estudió el aprendizaje sin interesarse particularmente en cómo mejorarlo o acelerarlo; estudió sobre todo leyes físicas, de las que un chico posiblemente pueda aprender observando a su propio ritmo y sin plan previo " Las razones que se oponen a esta manera de conducir el aprendizaje son varias. Para empezar, muchas cosas que se aprenden en la escuela no son observables a primera vista, sino que son abstractas, lejanas o ausentes. Además, en la escuela se exige que todos los alumnos aprendan y deben incorporar muchos conocimientos así que el tiempo apremia. Es caro y poco eficaz esperar a que el niño quiera estudiar y, por el contrario, es más seguro y económico enseñarle. La escuela no puede ser sólo un lugar de encuentro, sino que tiene que dar garantía de resultados.

El constructivismo convierte a los alumnos en perfectos egoístas cognitivos. A estos alumnos les parecerá que sus ideas, a las que habrán llegado quizá por casualidad, son las correctas. No se prevé una corrección por parte del maestro y no hay exámenes. Probablemente los alumnos se convierten también en egoístas psicológicos y sociales ya que no aprenden a respetar a la sociedad representada por el maestro. Más bien van a sentir la presión de su propio grupo de compañeros. Tienen poca posibilidad de construirse una personalidad independiente al margen del grupo.

Rodríguez ha descrito la decepción de algunos progresistas con la nueva escuela. Para ella, como para la sociología de la educación, la escuela reproduce las injusticias de clase y de género. La autora pasa por alto lo principal: la necesidad de trabajar para adquirir conocimientos. Ni habla de los conocimientos previos para poder seguir avanzando en el aprendizaje ni de las asignaturas o conocimientos de ellas que necesitan los profesores. Sin embargo, para Rodríguez las reformas no han salido como estaba previsto, a pesar de que son «los suyos» los que han impuesto las reglas. Rodríguez resuelve este dilema acusando al neoliberalismo de todo lo que no le gusta.

Una de las razones por las que la autora asocia las reformas con el neoliberalismo es que la nueva pedagogía se orienta hacia el desarrollo de características personales como la independencia y la iniciativa personal, que permiten al alumno adaptarse a nuevas situaciones. Aquí también se habla mucho más de creatividad y flexibilidad que de conocimientos específicos. La autora asimismo destaca como rasgo negativo que esta pedagogía perciba al individuo como un ser «universal» y no insista en una identificación social previa.

Rodríguez cree ver en esta propuesta pedagógica una reacción pendular al régimen franquista. Si entonces se había privilegiado el contenido y las metodologías tradicionales, en la democracia debía ser necesariamente al revés. Así se puso el énfasis en el cómo enseñar, y no en el qué y el para qué enseñar. Sin embargo, ese «cómo» era más psicológico que metodológico. Los años ochenta supusieron así un éxito para la «psicopedagogía» presentada como el único método. Ya no había preocupación por cómo elegir materiales ni qué conceptos enseñar, sino cómo debían diseñar los profesores las tareas para que todos aprendieran. El maestro debía respetar y estimular a todos. El constructivismo garantizaba la democracia haciendo que todos los estudiantes pudieran participar. Los modelos de enseñanza tradicionales tan dependientes del profesor pasaron a considerarse caducos. Por el contrario, se le exigió al profesorado dedicar una atención individual al aprendizaje de cada alumno.

Esto supone una extrema individualización”. El profesor diseña la situación y después el alumno asume la responsabilidad de encontrar el contenido, y se supone que los alumnos tienden a desarrollar los aprendizajes deseados sin más ayuda. Todo esto ha influido sobre las necesidades de la educación especial. A partir de este momento, los alumnos que no aprenden parecen carecer de habilidad y capacidad para tomar iniciativas. Ya no se hace hincapié en el tipo de problema del alumno. Todas las diferencias son tratadas como «necesidades especiales», una fórmula que aparece como un eufemismo.


La autora ha visto las consecuencias del protagonismo de la psicopedagoga, que otorga todo el protagonismo a los alumnos. Los profesores se convierten en unos simples organiza dores de situaciones de aprendizaje y son, por tanto, fácilmente sustituibles. Como profesora, la autora acepta mal que su papel se haya vuelto insignificante y que ni siquiera sirva para constituir un «contexto» sino que aparezca relegado a una función impersonal, de organización. Además, la psicopedagogía es presentada como la única opción pedagógica razonable, lo cual constituye otro factor de presión contra los maestros.

El constructivismo, también llamado a veces construccionismo, es un término casi desconocido por el gran público, que debiera conocerlo por corresponder a una corriente que está cambiando a los países occidentales. El constructivismo en pedagogía forma parte de una teoría constructivista más general. Hay diferentes definiciones del término y en las discusiones sobre esta corriente se puede observar una escala de acepciones cada vez más radicales: el constructivismo social como una perspectiva crítica, semejante a lo que se solía llamar el realismo crítico o criticismo. El constructivismo social como teoría social, ve la sociedad como una creación humana en constan te proceso de cambio. El constructivismo social como teoría del conocimiento, el aspecto más importante para la educación. el constructivismo social como ontología sostiene que no hay otra realidad que la de las palabras. Los dos primeros puntos podrían ser aceptados por muchos observadores, pero los dos últimos comportan problemas, en particular, al ser aplicados a las ciencias naturales". El constructivismo social en la tercera versión, visto como teoría de conocimiento, ha sido interpretado a menudo como un relativismo y en su cuarta versión ha sido interpretado como idealismo o antirrealismo. Estas dos últimas versiones están combinadas con una fuerte crítica contra la ciencia. Desde el punto de vista de la educación, la enorme influencia de esta corriente ha sido negativa por haber desviado el interés y el esfuerzo en la transmisión de los conocimientos a un cuestionamiento del mundo del conocimiento. En particular, parece negativo que los futuros profesores acepten que no es importante que los alumnos reciban una enseñanza entusiasta y enérgica.

Se puede estudiar el constructivismo también desde una perspectiva metodológica: hay una variante «oscura», dedicada a cuestiones de poder y que cita a menudo a Foucault, y otra «clara», que se interesa por el discurso y los procesos sociales, basada en la teoría del discurso, la etnología y la deconstrucción ". La mayoría de los constructivistas creen que no podemos tener acceso a cómo es el mundo sino sólo a nuestras propias ideas sobre él. Ya que no se puede saber nada del mundo, es inútil argumentar e investigar, como lo hacen los «realistas». Los constructivistas creen que el lenguaje no tiene ninguna relación precisa con el mundo y que sólo configura maneras de hablar, «prácticas retóricas». Los relativistas llaman «ingenuas», «esencialistas» y «objetivistas» a las perspectivas distintas de las suyas. Evitan, en particular, toda discusión sobre el cuerpo como sede del aprendizaje ya que desconfían de la biología. En psicología, niegan la inteligencia, la personalidad y la enfermedad mental como realidades. Para la psicología ortodoxa, los eventos psicológicos están dentro del individuo, pero para los constructivistas constituyen una relación con el lenguaje. En medicina, los constructivistas opinan que dar un diagnóstico es «marcar» al paciente, ejercer poder» sobre él. En sociología, consideran que la sociedad es patológica y no aceptan que el individuo tenga que responsabilizarse de las condiciones sociales negativas de las que es víctima. En ética, un constructivista no puede hablar de moral porque la moral es distinguir a algunas acciones como mejores que otras. A la vez que sostienen que todo es lenguaje, los constructivistas desconfían del lenguaje porque lo consideran un instrumento de opresión en las manos de personas con poder. No enfocan los grandes males de la humanidad sino exclusivamente los de la vida diaria occidental, y en eso vemos su filiación política.

Para los constructivistas, en el análisis de conversación lo central es intentar entender qué es lo que los dialogantes quieren «hacer» con lo que dicen, esto es, cuál es el acto de dominación, se entiende que se lleva a cabo a través de las palabras. Creen que no sólo la realidad se construye a través del lenguaje, sino que las identidades y la subjetividad también y que éstas siempre se pueden cambiar, renegociar, a través del lenguaje. Son críticos contra el «discurso» de la «mayo ría» que oprime a la «minoría» a través del lenguaje, una actitud que es el origen del fenómeno del «lenguaje políticamente correcto». La idea es crear una nueva realidad social a través del control sobre lo que la gente dice. Como se sabe, lo políticamente correcto incluso se ha impuesto a través de la legislación en muchos países, y hay cosas que sencillamente no se pueden expresar sin que sea demonizado quien las pone de manifiesto.

El rechazo al conocimiento es notable y hasta hay constructivistas que culpan a la invención de la imprenta de haber fomentado la introspección, el individualismo y el atomismo social, aislando al lector del mundo. Además añaden que la culpa es doble porque la lectura procura conocimientos, y éstos ejercerían un posible poder sobre otras personas y, al mismo tiempo, harían disminuir la influencia de la colectividad sobre el individuo en cuestión.

El llamado realismo crítico aparece cuando se habla de «estructuras» por debajo de la superficie real. A pesar de no poder observarlas directamente, supuestamente sí podemos saber algo de ellas por sus consecuencias. Por eso, el realismo crítico, el criticismo, no pronostica sucesos o propone mejoras, sino que los identifica y evalúa retrospectivamente. Es una posición cómoda para el crítico, que puede atacar a la sociedad sin tener que proponer nada mejor. En la educación, el constructivismo cree que la teoría precede a la observación y estudia las concepciones previas, erróneas las más de las veces, de los estudiantes. Esto ha dado lugar a una curiosa situa ción: los futuros profesores deben dedicarse más a comprobar los errores de los alumnos que a aprender mejores métodos para trasmitir conocimientos Podríamos recordar que hasta hace algunas décadas la universidad estaba al servicio de la sociedad formando a los futuros pilares y defensores de la sociedad. Ahora hemos llegado a una posición inversa: desde la universidad se predica el desprecio por los conocimientos y la desconfianza ante la sociedad. Pensando en su importancia social, se puede constatar que el constructivismo se ha convertido para muchos en una «religión secular» similar a la de la teoría evolucionista en el siglo XIX.